Harry Potter y el misterio del cómo cambiar (para bien) sin perder tu esencia…
Otra vez triste, otra vez… Otra canción de
sufrimiento, te inspira lo peor…
¿Qué tanto buscamos y hasta dónde somos capaces de
cambiar si alguien a quien realmente queremos nos lo pide?
Y al mismo tiempo, ¿qué tan válido es
el pedir un cambio cuando en nuestra existencia y vida, quizá seamos más afines
al lado oscuro, sin perdernos en él?
Conforme pasan los años y nos hacemos
viejos, entendemos que todos los días consisten en estar en un crecimiento
constante, en aprender en todo momento, tanto de forma individual y autónoma,
como en colectivo y por medio de otras y otros…
Sobra decir que las relaciones
interpersonales son fuentes inagotables de aprendizaje, que el fin de ellas es
que sean mutuas, y que existe siempre reciprocidad por ambas partes…
Pero, como siempre, existen los
peros…
Si bien, me considero fiel creyente
de que, el querer profundamente a alguien es un motivante gigantesco para
buscar mejorar y cambiar siempre, también soy fiel creyente de que todo ser
humano cuenta con su individualidad, y con aspectos de temperamento,
personalidad y carácter tan de nosotras y nosotros, que, cuando, se nos pide
modificar algo que a la otra/otro no le parece del todo, comienzan las
diferencias y dificultades…
Tierno
y soñador, no soy ese autor…
Pero voy a tratar de intentar serlo
por ti…
Aun así, pareciera que para la otra
persona no llega a ser suficiente (en los ojos incorrectos, claro está)…
Qué fácil hablar de reciprocidad,
pero que difícil ponerlo en práctica con nuestros seres humanos favoritos…
La reciprocidad implica hacer a un
lado nuestros egos, deseos y aspiraciones propias sobre el otro/otra, para
observar los esfuerzos de todos quienes lo intentamos…
Rimar
tu nombre está cabrón… Se intentó, sólo presta atención…
Amor causa dolor…
Nos ensimismamos tanto en lograr
obtener lo que deseamos de la otra persona, que, de alguna forma u otra, nunca
termina siendo suficiente…
Por más intentos diarios que hagamos,
lo que somos, nuestra esencia, es algo tan arraigado y tan nuestro, que
cambiarlo para complacer (o al menos intentarlo) a cualquier otra persona,
termina siendo contraproducente, y una de las causas principales de infelicidad
y dolor en esta vida…
Canta
sin desdén, pronto estaremos muertos…
Hay cosas (en este caso, rasgos de personalidad) que
es mejor dejarlas como son y están…
Aunque eso, para nada quiere decir
que nosotras y nosotros, en un ejercicio de autocrítica, podamos hacer
conciencia de que ESO que somos, y está sumamente enraizado en nuestro ser,
puede mejorarse y pulirse, siempre pensando en el propio bien, que traerá por
consiguiente la alegría de quienes nos rodean y aman…
Ojo con las palabras clave: mejorarse
y pulirse…
JAMÁS cambiarse de forma radical e
irreconocible (a menos que sea algo que perjudique deliberadamente a otras
personas)…
A veces (demasiadas, diría yo), me
leo y pareciera ser muy fácil esto de la reciprocidad en las relaciones
interpersonales…
Sobra decir que no lo es, ni cerca…
Querer y/o amar, creo yo, implica
también el aceptar que existen factores que es mejor no cambiarlos…
Y no porque suene a conformismo, o
sea un paso a la resignación, sino, que llegaste a querer/amar a la otra
persona como le conociste, y sin quererle cambiar…
Entre voces que se asemejan al
sentir del viento y tienen sabor a miel, se nos va esta locura llamada vida…
Lo importante, es que ambos cantos y
caminos fluyan hacía una vía que se tome en conjunto…
Las canciones de amor también pueden
ser algo tristes…
Cuestión de ponerles atención… ;)
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