Incluso con tus sombras: Siempre permaneces dorado/a, Ponyboy/Girl…
Lo paradójico (y trágico) que resulta el casi siempre tener palabras de
apoyo y aliento para y con los demás, pero nunca con uno/a mismo/a…
Cuando inicié la
carrera en Psicología, y en muchas ocasiones más en el transcurrir de los años,
he presenciado y sido conejillo de indias del siguiente ejercicio que para
muchos puede resultar conocido y abrumador: “Enliste (elija número de su
preferencia) cualidades/virtudes/aspectos que considere positivos de su persona
y enliste (elija número de su preferencia) áreas de oportunidad y/o mejora de
su persona…”…
El segundo rubro
SIEMPRE es más fácil de reflexionar y pensar, llevándose con creces al primero…
El tratar de poner
empeño en traer a nuestra conciencia, reconocer y descubrir/expresar
abiertamente los aspectos positivos de lo que somos, generalmente da pauta a
que se nos catalogue como egocéntricos/as y soberbios/as, que se nos tache de
personas con rasgos narcisistas, y que se perciba que nuestro ego habla más que
la razón…
Estamos
acostumbrados/as a priorizar lo malo sobre lo bueno, a convivir entre unos/as y
otros/as sacando como carta de presentación lo que consideramos defectos,
porque el enfatizar lo anterior hará sentir “menos mal” a quienes nos rodean y
lograremos empatizar y pertenecer, esperando a que las personas con las que
compartimos tiempo descubran por sí mismos/as lo bueno que hay en nosotros/as…
Esperamos siempre la
retroalimentación, acompañamiento y ánimos del resto, pero NUNCA nos damos el
tiempo de ser para uno/a mismo/a la persona que siempre intentamos ser para los
demás…
Somos un círculo
vicioso eterno de menosprecio, baja autoestima, nulo autoconcepto positivo y
distorsiones cognitivas erróneas que dan lugar a pensamientos, sentimientos y
emociones que nos mantienen alejados/as del lugar idóneo al que todos queremos
llegar: paz y plenitud mental…
Y si de por sí es
difícil el pensar en aspectos positivos de lo que somos para plasmarlos en un
papel y/o guardarlos como manta en nuestras memorias, esta tarea se complica a
niveles exponenciales cuando intentamos llevarla a cabo frente al reflejo que
nos muestra el espejo…
Tal vez haya una
conexión/afinidad entre la frase “al dolor lo veo a los ojos”, y esta canción
con la que Giallo cierra…
Sostenernos la mirada
fijamente en ese cristal es la puerta directa para rebobinar en cada una de las
cosas que hemos dicho y hecho, en la imagen y concepto de nosotros/as
mismos/as, en la observación clara, compleja y brutal que nos confirma de
primera mano el paso del tiempo…
Me gustaría poder decir
que el dolor y la resiliencia ayudan a reconstruir de forma mágica e inmediata,
pero por muchos momentos (y en primera instancia), hacen todo lo contrario a
ello…
La costumbre de
escuchar y decirnos que después de momentos MUY bajos emocionalmente hablando
“todo debe de ir a mejor”, ha sido la causante de caer y excavar aún más hacia
el fondo…
“Todo pasa por algo”,
“esto te hará más fuerte”, “vendrán cosas y tiempos mejores” … Palabras que más
que aliento, son formas de infectar más nuestras heridas…
No se trata de esperar
a que “todo mejore”, sino de que las cosas y nuestras vidas no vayan a peor,
como bien canta José…
El tránsito hacia un
camino de reparación, comprensión, compasión y amor a uno/a mismo/a implica
también la acción del perdón… Lo otorgamos a quien nos daña y/o lastima, no
para el/la otro/a, sino para seguir adelante e intentar establecer las bases
que serán ese punto de partida para la paz que deseamos, pero nunca nos
detenemos ni hacemos tiempo para perdonarnos a nosotros/as mismos/as…
Todos los caminos que
llevan al lugar que buscamos, a ese punto de tranquilidad en el que se pueden
dar pasos por esta vida en paz y sin ningún auto reproche o remordimiento,
debe, TIENE que comenzar en uno/a mismo/a…
Amarnos, aunque sea por
piedad, aún con la posibilidad de que eso nunca ocurra al nivel que deseamos
porque desafortunadamente, pocas veces nos sentimos satisfechos/as con cosas,
hechos y pensamientos que han forjado y forjan todos los días lo que somos…
Amamos para los demás,
alentamos a los otros/as, acompañamos a quienes nos rodean… Pintamos el mundo
de aquellos que van con nosotros/as cuando la semilla del amor debería
plantarse en primer lugar en nosotros/as mismos/as…
En convertirnos en
los/las pintores/as de nuestras existencias, dando los colores que deseemos,
aún cuando tengamos días en los que predominen los oscuros sobre los claros…
Y aún en los oscuros,
siempre permanecemos y nos mantendremos dorados…
Porque la
autoaceptación plena de lo que, y quienes somos, y el cómo buscamos mejorar día
con día nos ayudan a brillar mucho más que el escondernos en esa cara “amable”
que priorizamos utilizar ante los demás…
El camino que
eventualmente nos llevará a encontrar ese oasis en el desierto al que llamamos
amor propio, es un trayecto en el que todos los adjetivos son posibles de
utilizar, excepto las descripciones: lineal, recto, sencillo, directo y sin
desviaciones…
Ojalá nos lo hubieran
dicho, o al menos, advertido desde que comenzamos nuestras vidas… Pero al mismo
tiempo, he ido aprendiendo a tomar con gratitud el que se me/nos haya omitido
esa información…
Andamos y construimos
con lo poco que tenemos, pero ese poco es NUESTRO, somos dueños/as de nuestras
existencias, con los buenos y los malos…
Y con el pasar de los
años y la madurez que nos otorgan, acompañados de todos los momentos e
instantes que vamos experimentado y haciendo ya sea en conjunto o en solitario,
es posible entender y comprender también que, en las buenas, siempre toca tener
presente el poder que tenemos para seguir construyendo para mejorar…
Y en las malas,
merecemos la bondad, compasión y aliento que intentamos dar a quienes caminan
junto a nosotros/as, que es válido detenerse para observar lo que nos rodea, y
de ahí, continuar reconstruyendo…
Pero lo anterior, es
algo que debe comenzar SIEMPRE por nosotros/as mismos/as…
Nuestras psiques
merecen bondad, compasión y aliento… Somos merecedores del amor que otorgamos a
los/las otros/as…
Tenemos derecho a dejar
de menospreciarnos y torturarnos por el pasado, debemos darnos la oportunidad
de pensar en el futuro sin sentir que se nos está acabando el tiempo, porque la
vida NO es una carrera contrarreloj…
Lo único factible que
tenemos es el presente… Y en el presente, es válido ir un día a la vez, con la
tarea permanente de darnos el amor que siempre otorgamos a los demás…
Por piedad, como misión
y como acción…
La ciudad que seremos
se construye mientras caminamos por la vida, y para llegar ahí, hay que
cimentar las bases desde el presente con el material más valioso que tenemos:
el amor propio, ese oro que nunca pierde su valor, incluso con los oscuros que
coexisten junto a ese brillante continuo y perpetuo que somos en el hoy…
REFERENCIA:
Comentarios
Publicar un comentario