Acompáñame a estar (y no estar) estar soloh/lah…
Voy a ignorar deliberadamente que estoy citando por segunda vez a
Ricardo Arjona para semititular un ensayo, y agradecer a Karina Ruiz por
prenderme el foco para poner algo de cosecha mía en el mismo…
Los años pasan,
consciente o inconscientemente vamos cerrando nuestros círculos sociales e
interpersonales y llegamos a un punto en donde consideramos tener nuestras
amistades y redes de apoyo bien definidas y hechas…
Pero, siempre existe
un, pero…
No es secreto para
nadie que vivimos y existimos en una sociedad/máquina que consume de
nosotros/as mismos/as y demanda cada vez más tiempo, dejándonos casi en ceros
para dedicar y dedicarnos tiempo en algo/alguien/muchos que sean de interés
personal…
No lo deseamos, más
somos orillados/as a conformarnos con relaciones y convivencias superficiales y
banales, ofreciendo lo mínimo posible para evitar y evadir compromisos
profundos, fuertes, e hipotéticamente, duraderos e incluso, permanentes…
Y como los eternos
seres sociales que somos, aceptamos lo anterior porque hasta cierto punto, es
preferible eso a no tener nada y a nadie…
Desde que llegamos a
este mundo y comenzamos a hacer conciencia de quienes somos y que buscamos en
la vida, recibimos continuamente el mensaje de que LO PEOR que le puede pasar a
un ser humano es el “quedarse solo/a”, el “acabar en soledad” el resto de
nuestra existencia y últimos días de la misma…
En nuestras infancias y
juventudes, mal confundimos y hacemos sinónimos soledad y solitud, nos venden
ambas como uno de los males más grandes, al que como parte de nuestras muchas
misiones de vida, toca esquivar a toda costa y bajo cualquier circunstancia…
Incluida, nuestra
capacidad de entablar relaciones sociales e interpersonales que vayan más allá
de contactos y encuentros intermitentes…
Es cierto que nos
encontramos en un contexto y cultura que prioriza la colectividad sobre los
tiempos a solas, actuamos en masa, los colectivos/grupos nos mueven y
envalentonan a hacer las cosas que deseamos y ello nos hace confiar en nuestras
capacidades sociales…
Todo parece ir bien
mientras nos desenvolvemos en plural, hasta que nos enfrentamos a las
diferencias que presentan tanto los momentos en individual, como aquellos
tiempos que compartimos o llegamos a compartir con personas importantes en
nuestras vidas, en uno a uno…
No estamos
acostumbrados a compartir más allá de lo básico, razones, se pueden decir
muchas: el miedo al qué dirán en un mundo cada vez más dedicado a pre y juzgar
sin conocer a fondo, ansiedad social como una situación psicológica y emocional
a tratar constantemente, la eterna enseñanza/creencia de que por más que
hagamos, nunca será suficiente para los demás, lo cual impacta directamente a
nuestra autoestima y autoconcepto, entre muchas razones más que no terminaría
de enlistar aquí…
Lo poco que damos a
conocer en encuentros y momentos entre dos nos parece suficiente, más por el
auto recordatorio constante que llevamos como carga en nuestros hombros del
“evita quedarte solo/a” que por una elección propia…
Quizá tememos estar
solos/as porque no sabemos estarlo, y no por que esto sea una “ignorancia”
elegida…
Estar con uno mismo/a es uno de los retos más
complejos y fuertes que podamos encarar… Quizá priorizamos la colectividad por
observar a lo individual como un pozo sin fondo, totalmente vacío en el cual
nos podamos hundir como los auto saboteadores por excelencia que llegamos a ser
socialmente hablando…
¿Por qué nos da tanto miedo la solitud que mal
confundimos con soledad?
Suenan parecidas/iguales, más no lo son…
La solitud es la sensación agradable y de paz que
implica el estar con uno mismo/a, es un camino en el cual la soledad no se
ve/percibe como algo malo, sino todo lo contrario… Es cierto que es un trayecto
complejo, en el cual nos encontramos con muchos más oscuros que claros, pero
que una vez que llegas al lugar en donde puedes hacer tu día a día sin la
necesidad obligada de una compañía, tomas también un grado de autonomía que
impacta directamente en lo que deseas y buscas en un acompañamiento que no
necesariamente tiene que ser siempre de índole sentimental…
La solitud, bien identificada, estudiada y trabajada
en uno/a mismo/a, me da poder de decisión: si estoy un momento o un gran lapso
del día, semanas, meses, una vida con un alguien, es porque YO ELIJO hacerlo…
Porque la persona en la que decido acompañarme me hace
sentirme cómodo/a, me acepta con mis sombras y luces, me ha visto en mis
momentos más bajos, y él/ella también ha elegido el seguirme acompañando a
pesar de todo, se adapta a mis tiempos y acepta cuando requiero de momentos a
solas, lo cual me obliga a ser recíproco/a…
Ese “Siempre Vos” que va con nosotros/as en esa
búsqueda constante del amor propio que llene nuestros corazones, que nos
detiene de hacer cualquier tipo de éxodo, nuestros/as cómplices perennes de
esta aventura llamada vida…
Esas compañías que van con nosotros/as en ese arte de
estar solos/as, pero sin estarlo realmente…
La solitud y la soledad no son los enemigos por
vencer, somos nosotros/as mismos/as, con nuestros altos y bajos, la eterna
tarea a trabajar para hacer equipo con la primera, lo que nos ayudará a ver a
la segunda sin miedos y/o aversiones…
REFERENCIA:
Comentarios
Publicar un comentario